Si
tuviera que elegir una frase
de la semana para grabar en
mármol, sería la que repite
el rey Juan Carlos a los
presidentes autonómicos que
le visitan: "No hemos
llegado hasta aquí para
darnos ahora por vencidos".
Tiene un sonido épico, como
cuando la Corona percibía el
desaliento de Suárez por las
arremetidas del terrorismo y
las soledades de la
transición, y el Rey se
presentaba en los Consejos
de Ministros a invitarles a
no retroceder. Tiene la
fuerza de la arenga, cuando
había ruido de sables e
intentonas golpistas, y él
respaldaba a quien no
frenaba en los avances de la
libertad. Y tiene la virtud
de la oportunidad: en medio
de todos los asaltos y
desventuras, hay que frenar
el decaimiento nacional.En esas diez palabras se resume, probablemente, el sentir de los empresarios desalentados por el rumbo de su empresa. Y el sentir de un padre de familia que pagó gran parte de su hipoteca e ignora si podrá pagar el siguiente recibo. Y el sentir del personal laboral de organismos públicos que esperó durante años la fijeza, y ahora lo echa la política de austeridad, en lo que parece la segunda gran oleada del desempleo: la que se empieza a practicar en el sector público. Y el sentir de todos los ciudadanos que oyen y leen las noticias, y las noticias sólo les anuncian nuevos tiempos de miedos y penurias. Toda España dice lo mismo, pero desde la desesperanza: hemos luchado mucho, y empezamos a tirar la toalla.
Me alegró saber que el Rey dice esas cosas, porque lo estaba viendo como ausente y distante de las inquietudes nacionales, quizá por sus dolencias físicas, quizá por un excesivo respeto a su papel constitucional. El Rey habla poco, no tiene por qué hablar más y tampoco puede pasar de esos mensajes puntuales, de pequeña que tiene su libertad. Pero esta vez acertó con las palabras, porque contienen una petición de empuje y resistencia, al mismo tiempo. Lo dudoso, ay, es si alguien recogerá esa petición. El ciudadano quiere y necesita no darse por vencido, pero no halla la mano de nieve que sepa arrancar sus estímulos.
¿Y los políticos? ¡Oh! Estos días están en otra cosa. Los socialistas, ya lo veis, en busca de su propia oferta, la tienen que fabricar y se reúnen este fin de semana para encontrarla. Asfixiados por las encuestas, les queda el instinto de renovar la sociedad y hacerla más justa, pero lo urgente para ellos es sobrevivir. Los populares estrenan poder territorial y se ocupan afanosamente en lograr una mayoría absoluta que les libere de cadenas. Su estrategia es no cometer errores y, por tanto, se refugian en el "depende". Lo importante es ganar, y ganar muy bien, y después ya veremos. Y todos juntos están más ocupados en tapar grietas o seducir al votante que en decirle a este país "levántate y anda".
Lo que no puede la economía ni logra la política, quizá lo logre la épica. Por eso me asomo a la contienda electoral, tan desigual, y les digo a los dirigentes: venga, señores, que alguien salga al balcón de España y la convoque a no perder lo ganado. Sabemos cómo se hace; lo hicimos en la transición.
Accidente
Si los pronósticos no fallan, viene un espectacular cambio de poder. Cientos de sillones cambiarán de ocupantes. Los damnificados lo perderán todo, menos la pensión (algunos) y el humor. Frase de socialistas: "El peor accidente laboral es caerse del Boletín Oficial del Estado".
El consuelo
Mientras preparan las maletas, algunas noticias alivian el disgusto de los sondeos: las victorias de izquierda en Dinamarca, Francia o Alemania. Consuelo: no es la socialdemocracia la que está en crisis. Son los gobiernos que gestionan la crisis económica. Da igual su color.
Vicepresidenta
Si algún ministro acaba su mandato con cara de satisfacción, es, sorprendentemente, Elena Salgado. La economía está hecha un desastre, pero ha logrado embridar el déficit y ganarse la simpatía de sus compañeros europeos. Valoran su trabajo y la tratan con afecto y respeto.
El silencio
Varias autonomías reducen de forma drástica los liberados sindicales. O eso dicen. ¿Han escuchado la más mínima queja de las centrales? Están calladas como muertas. Queda a juicio del lector si es por disciplina, responsabilidad, conciencia de abuso, o que hay vergüenzas que aconsejan no moverse ni rechistar.









































