Era la época de Jimmy Carter, Menahem Begin y Valéry Giscard d'Estaign, y el Gadafi de entonces no era todavía el de los atentados de Lockerbie y el avión de la UTA en Níger, pero sí un protector de movimientos –guerrilleros o terroristas– de liberación nacional, en particular de la causa palestina; un personaje independiente e imprevisible en un entorno regional delicado, además de un cliente de la industria de armamento de la Unión Soviética.
Lapierre y Collins acertaron. Gadafi fue catalogado por Washington como terrorista y en 1985, su apoyo al grupo palestino de Abu Nidal –que atentó contra la aerolínea israelí El Al en Viena y Roma– y una explosión en una discoteca de Berlín frecuentada por soldados estadounidenses le costó el bombardeo de su fortín presidencial de Bab el Aziziya, en abril de 1986, y de una casa del barrio tripolitano de Ben Azur, alcanzada "por error". El resultado, treinta muertos, entre ellos una hija adoptiva de Gadafi.
Todo esto le costaría caro a Libia, demasiado poco poblada y desarrollada, demasiado débil como para soportar la guerra personal contra el imperialismo y los delirios de grandeza del hermano mayor de la revolución. Gadafi se convirtió en paria y con él todos los libios. Muchos no le perdonan los años de marginación y de sanciones internacionales. Mientras, el culto obligatorio al líder adquiría grado de doctrina. Según cuentan los musulmanes devotos, Gadafi, además de imponer sermones oficiales a los imanes todos los viernes, llegó a meter mano en conceptos y normas islámicas.
Hay otras cosas que algunos no olvidan, como el ahorcamiento público de estudiantes contestatarios durante un Ramadán, emitido en directo por televisión justo a la hora de la cena que rompe el ayuno de la jornada. Este tipo de exhibiciones de terror se desataron en el periodo de revolución dentro de la revolución abierto en los años setenta con la publicación del Libro Verde y la formulación de su Tercera Teoría Universal, una supuesta tercera vía que debía superar el capitalismo y el sistema soviético, garantizando la democracia directa a través de comités populares. Al final, de tan progresistas ideas no quedó nada.
Lord Anthony Giddens, padre de la tercera vía laborista y gurú de Tony Blair, bendijo las teorías de Gadafi (se cree que la gratitud por los fondos libios para la London School of Economics, que doctoró a Saif el Islam Gadafi, tuvo mucho quer ver). Blair y Gadafi tenían pues muchas cosas de las que hablar distendidamente cuando el primer ministro británico fue recibido en la jaima de Bab el Aziziya, frente a la residencia convertida en museo tras el bombardeo que Ronald Reagan propinó al dictador libio.
Aquel encuentro marcaba la rehabilitación de Gadafi, y a la postre su consagración como payaso de la escena internacional, con su fantástico vestuario, su camella lechera y su escolta de amazonas. Pero dicen que tuvo un gesto de pésima educación, ofensivo en la cultura árabe: apareció sentado con las piernas cruzadas, exponiendo las suelas de sus zapatos a la cámara de la televisión oficial, y, por tanto, a las masas libias, verdaderas gobernantes del país según su propia retórica.
"Amo y temo a las masas del mismo modo que amo y temo a mi padre", escribía Muamar el Gadafi en un relato publicado en 1993, en un volumen con un título curioso: Huida al infierno y otras historias. Ante las masas libias que se le rebelaron, Gadafi tenía opciones: renunciar, resistir hasta la muerte... La tercera vía era huir.

"Amo y temo
a las masas del mismo modo que amo y temo a mi padre", escribió en 1993








































