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Indignados con causa,
de Juan-José López Burniol
( La Vanguardia, 11 de junio 2011
)
Rechazan un sistema político obturado en su
representatividad y que es el rehén del poder económico
Las
relaciones entre el Estado y el sistema capitalista han pasado por tres
etapas. En la primera, el Estado –laissez faire, laissez passer–
se limitaba a preservar un espacio de libertad y seguridad. En la
segunda, el Estado devino intervencionista, para limitar los abusos que
la situación anterior propiciaba, mediante la creación del Estado de
bienestar. Y en la tercera, ante lo que se juzgó un exceso
intervencionista, el sistema capitalista ha optado por suplantar al
Estado y ocupar su lugar, mediante un doble proceso de liberalización y
desregulación. El banquero Sigmund Warburg lo explicó así: "La Segunda
Guerra Mundial fue una guerra entre la democracia y la autocracia, que
ganó la burocracia".
En esta fase nos hallamos hoy: el
Estado está sometido –como sistema jurídico– a un proceso de desguace
por una doble vía de privatizaciones y desregulaciones. Este proceso
exige –como todos– una justificación que viene dada por una corriente de
pensamiento atisbada por Hannah Arendt, hace años, en La condición
humana. Arendt anticipó lo que hoy sucede: el predominio de la
mentalidad privado-profesional en la vida de la mayor parte de las
gentes, que dejan el espacio público en manos de los políticos
profesionales, a los que se limitan a votar periódicamente sin
inmiscuirse luego en su gestión. Se consolida así un totalitarismo
permisivo que concede al ciudadano una amplia gama de gratificaciones
sensibles, con el fin de que se abstenga de intervenir en los procesos
públicos, que son gestionados por expertos procedentes de los grupos de
presión surgidos en torno a los poderes financieros. Si añadimos que el
sistema de partidos ha mutado en una partitocracia burocratizada,
integrada por políticos de hoja perenne, el resultado está servido: una
obturación del sistema político, manifestada en una falta grande de
receptividad a las demandas de los ciudadanos que no están instalados.
Así las cosas, ¿a quién puede extrañar que comiencen a ceder las
costuras del sistema, cuando la economía decae y disminuyen las
gratificaciones sensibles con las que neutralizar a los ciudadanos?
En este marco se inscribe la
reacción de los indignados, expresada en sus acampadas, que supone antes
que nada un rechazo frontal al sistema. Por eso son absurdas las
descalificaciones de este movimiento, con el pretexto de la falta de
rigor e inviabilidad de sus propuestas. Lo que importa no es lo que
piden, sino lo que rechazan: un sistema político obturado en su
representatividad profunda y que es rehén, hoy más que nunca, del poder
económico acumulado por las instituciones financieras. De ahí que las
acampadas deban ser percibidas como un síntoma claro de una enfermedad
grave. En resumen: la obturación del sistema político hace que se
desborden los cauces de participación establecidos y se pase a la
desobediencia civil.
En su conferencia Sobre la desobediencia
civil –1970: guerra de Vietnam–, Hannah Arendt sostuvo que la
infracción de la ley no puede justificarse por medio de la propia ley.
No obstante, se esforzó por salir de esta contradicción. Éste es su
pensamiento:
1. La desobediencia civil surge cuando un grupo
significativo de ciudadanos se convence de que los canales para
conseguir cambios están obturados.
2. No puede equipararse la desobediencia civil
con la criminal, porque hay una gran diferencia entre el criminal que se
oculta y el desobediente que desafía la ley a la luz del día. Además, a
diferencia del revolucionario, el desobediente civil acepta la autoridad
existente y la legalidad general.
3. Las sociedades modernas están sujetas a un
acelerado proceso de cambio, que el derecho legaliza una vez producido,
pero que suele ser resultado de acciones extrajurídicas. Ante este
cambio, los canales de participación política de los ciudadanos son
muchas veces insuficientes.
4. Por esta razón, a la desobediencia civil le
corresponde una relevancia creciente en las democracias modernas:
constituye una manifestación extrema del derecho del pueblo a asociarse
para reclamar al gobierno o para protestar por sus decisiones.
5. El derecho a asociarse para disentir tiene
su fundamento en el hecho de que la obligación moral de cumplir la ley
nace del consenso originario fundacional del Estado, que limita el poder
de los ciudadanos y fundamenta el poder del Gobierno, pero que no enerva
el derecho de aquellos a participar en las tareas públicas.
6. Este consenso originario implica el derecho
a disentir, de lo que resulta que la asociación para manifestarse –o
para acampar– puede llegar a ser el único medio de acción.
Hasta aquí el discurso de Hannah Arendt, que
–es cierto– difícilmente puede ser asumido por un juez a la hora de
juzgar, pero sí debe ser tenido en cuenta por los políticos al
reaccionar frente a los actos de desobediencia. Las soluciones de fuerza
atajan los síntomas, pero no curan el mal. Y la enfermedad existe. Para
darse cuenta de ello basta con hacerse esta pregunta: de verdad, de
verdad de la buena, ¿quién manda? |