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El malestar : Un hombre fuerte,
de
Antoni Puigvert
( La Vanguardia, 27 de junio 2011
)
Una
sesión que tuvo lugar la semana pasada en el Congreso resume las
impotencias y los suicidas usos con que los partidos se enfrentan al
momento crítico que nos agobia. El Gobierno consiguió salvar in extremis
una ley de negociación colectiva que no satisface a nadie, pero que, de
haber fracasado, hubiera causado el abrupto final de la legislatura
forzando la convocatoria anticipada de elecciones, amén de agravar
nuestra situación en el contexto internacional. Para resolver el
embrollo, para dar salida a una ley que reclama Europa y que prometieron
Zapatero y Salgado, a los partidos del Congreso no se les ocurrió
solución más original que jugar de nuevo al partidismo.
La ley no daba satisfacción ni a la patronal ni a los sindicatos,
pero era un reflejo exacto de la posición del Gobierno: emparedado entre
la espada de las exigencias internacionales y la pared de sus límites
parlamentarios. El PP siguió en sus trece, sin variar un ápice el guión
habitual: los vientos le favorecen, y podrían hacer concesiones sin
malograr sus formidables expectativas, pero prefiere agarrarse a la
máxima: "Cuanto peor esté la economía, mejor para el PP". El cerebral
Rubalcaba, enfrentado de repente a la derrota de su gobierno, exclamaba,
patético: "¡No me podéis hacer esto!". Como salido de una mala comedia
de enredos, el ministro de Trabajo prolongaba artificialmente sus
intervenciones en la tribuna del Congreso. Mientras su partido negociaba
con CiU y PNV, el ministro peroraba sin freno, obedeciendo a las
indicaciones que, mediante signos, le mandaba una compañera desde el
hemiciclo. Los nacionalistas vendieron cara su abstención. A diferencia
de Duran Lleida, el vasco Erkoreka se jactó de ello. "Nunca una
abstención dio para tanto", proclamó, hinchado de miserable vanagloria.
La situación reclama imperiosamente respuestas parlamentarias nobles,
de altura; pero no hay manera de conseguirlas. Tal es el poder de los
vicios y defectos de nuestra democracia.
Pero no menos chusca era la contestación que, en los alrededores del
Congreso, protagonizaban unos jóvenes del movimiento 15-M. Coreaban
consignas inquietantes. Consignas que enlazan con los más tenebrosos
fantasmas de nuestra historia. "Se va a acabar la paz social", gritaban,
eufóricos, ignorando lo que sucedió en los años treinta cuando la
legitimidad democrática chocó con la insurrección social. Mientras
algunos mostraban sus posaderas, otros coreaban: "El pueblo unido
funciona sin partidos".
¿Desconocen que, de todos los tópicos de la España negra, este es el
más peligroso?
Con el objetivo de reforzar al poder absolutista, en época de Lope de
Vega (Fuenteovejuna, El mejor alcalde, el rey) se recuperó un motivo
argumental procedente de la edad media: el del buen pueblo español
humillado por poderes mezquinos (corregidores, alcaldes, nobles). Cuando
la humillación se hace insoportable, el monarca, superior e inmaculado,
salva el honor del pueblo mediante una bondadosa sentencia. Franco fue
el último en cultivar desde el poder tal retórica que, paradójicamente,
no pocos izquierdistas ahora recuperan.
La gran mayoría de la intelectualidad, perfectamente integrada en el
vigente mercado de valores culturales, aplaude tales inquietantes
simplificaciones: el pueblo honrado y sufrido ha sido castigado por los
mercados gracias a una clase política vendepatrias y sin escrúpulos.
Como sucede con los tópicos, tal idea parte de una verdad: es evidente
que existen culpables directos y perversos de la crisis. Pero la visión
angélica y victimista del papel de los ciudadanos de a pie es también
una peligrosa deformación. Negar la cuota de responsabilidad de cada
ciudadano en la evolución de las cosas equivale a algo más que a errar
el diagnóstico. Equivale a infantilizar al pueblo. Humillado y
castigado, el buen pueblo español no tiene obligación alguna de
sacrificarse. "Que paguen ellos, los verdaderos culpables: banqueros y
políticos". Persistir en tal descripción de las cosas, deja a punto de
caramelo la intervención de un salvador. ¡Esto sólo lo arregla un hombre
fuerte y honrado!
De la necesidad de un hombre fuerte se habla estos días mucho en los
mentideros de Madrid. No son más que rumores, pero coinciden con un
viejo objetivo de la derecha más beligerante (así en lo mediático como
en lo político). En los mentideros, se describe la situación como
insoportable: crisis galopante; impotencia de la política; desconfianza
no ya en Zapatero, sino en el equipo de Rajoy; insoportable gasto de las
autonomías; desprecio del papel del Rey. Se describe el momento como
idéntico al que dio lugar al 23-F. Y, como entonces, se reclama un golpe
de timón. Tan explosiva coyuntura, sostienen, es ideal para introducir
grandes cambios en la Constitución. Cambios de gran calibre: un Estado
uniforme que acabe con la broma autonómica, un Estado presidencial que
acabe con una monarquía vinculada a los tejemanejes de la desprestigiada
política. Un presidente a la francesa con grandes atribuciones. No es
necesario escribir el nombre que abanderan estos pescadores de río
revuelto. Repito: son rumores, aunque insistentes. Alguien está
trabajando para asaltar del barco aprovechando el malestar. El hombre
fuerte encarnaría al buen pueblo humillado, sin necesidad de
intermediarios.
Mientras en la calle y en muchas tribunas se coquetea con el
anarquismo, en algunos mullidos salones se fantasea con un salvador.
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