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Si no es un juego, es una revolución,
de Antoni Puigverd
( La Vanguardia, 13 de junio 2011
)
Olvidando lo vivido en estas tres últimas décadas,
muchos padres regresan, nostálgicos, a las asambleas universitarias
En
una carta del 20 de mayo, que leo en la edición digital de este diario,
el lector Oscar Riu, esperanzado partidario del movimiento de los
indignados, lamenta la evaluación que de tal movimiento cree que
hemos hecho Quim Monzó y un servidor: "tergiversan y hacen daño a dichas
manifestaciones". El lector crítico sostiene su afirmación poniendo en
mi boca algo que no dije: "Puigverd hablaba en la radio del carácter
casi pueril de las manifestaciones puesto que tenemos una juventud
educada en la felicidad, que puede tenerlo todo". Se refiere a la
tertulia de Manuel Fuentes de Catalunya Ràdio en la que ni por asomo
califiqué de pueril el movimiento de los indignados. Lo que dije es que
las nuevas generaciones han sido educadas para la felicidad y que,
durante toda su infancia y juventud, han estado sobreprotegidas. Lo que
a mi entender explica la indignación de los jóvenes es el contraste
entre la hiperprotección recibida y la extrema dureza y desolación que
encuentran al salir del caparazón familiar (paro y precariedad). Los
jóvenes de hoy han sido literalmente engañados por las generaciones
precedentes.
Aunque ya expuse mi opinión sobre los
indignados en un artículo anterior, quisiera volver a ellos desde este
prisma generacional. Repetiré que el movimiento de los indignados,
aunque sobrevalorado por los medios, me parece no sólo explicable, sino
también útil. A la espera de próximas actuaciones (eternizándose en las
plazas se están convirtiendo en caricatura), el movimiento de los
indignados tuvo una impagable virtud: contribuir en plena campaña
electoral a desnudar la gastada retórica de los partidos.
La democracia sigue siendo el menos
malo de los sistemas conocidos, pero está cada vez más herrumbrosa. Se
oxida a pasos agigantados. Unos pocos jefecillos de cada partido
controlan la entera democracia gracias al grosero método de las listas
cerradas: los diputados son polichinelas en manos de sus mandos.
Controlando los partidos, dichos mandos extienden su control a todas las
instituciones del Estado. Deciden quién les representa en los medios de
comunicación y en las empresas públicas, en las cajas de ahorro
autonómicas, en todas partes. También el poder judicial depende de estas
cuotas. El margen de influencia popular está, por consiguiente,
severamente restringido. Bienintencionados, los que pilotaron la
transición otorgaron un poder fuerte a las cúpulas para apuntalar unos
partidos que emergían debilitados de la dictadura. Pero pronto quedó
claro que el abuso de tal fuerza minaba la democracia: "Quien se mueve,
no sale en la foto", dijo un conspicuo jefecillo. Imposible esperar una
regeneración interna: los que disfrutan el poder no acostumbran a
practicar el harakiri o suicidio ritual.
Por si fuera poco, nuestra democracia
ha sufrido en los últimos años otra amputación: los poderes económicos
globales, los llamados mercados, pasan por encima de los estados. Ningún
poder público puede con ellos. Necesitaríamos un poder, si no global,
amplio como el europeo, para domarlos; pero estamos lejos de
conseguirlo. De momento, la gente debe obedecer a los mercados (lo vemos
estos días en Portugal y Grecia). Da igual lo que opine el ciudadano en
las elecciones, el mando lo tiene la economía global. Reducida la
democracia por los dos flancos, nuestro régimen no está tan lejos del
chino. La ley del mercado decide y los caudillajes partidistas hacen el
resto. La diferencia entre los chinos y nosotros es, sin embargo,
importante: nuestra libertad de expresión es total. ¿Parece poco? A los
que sufrimos la dictadura, la libertad de expresión nos sabe a gloria.
Tal como demuestran las acampadas, también es total la libertad de
insumisión.
Las generaciones de hoy y de ayer
podemos estar de acuerdo en una cosa: el sistema está averiado. Pero
sería hipócrita pretender más aproximaciones. Las generaciones maduras
han aceptado encantadas, sin apenas rechistar, la primera limitación: el
caudillaje en los partidos. Y, mientras el viento de la economía ha
hinchado las velas de la prosperidad, también se mostraban encantadas
con la economía global (a lo sumo, cierta contestación retórica). Hemos
educado a nuestros hijos en el engaño de un bienestar que no podíamos
garantizar. Les hemos ocultado el rastro del dolor, les hemos empujado a
la fantasía del confort, no les hemos preparado para lo feo, lo malo, lo
peor. Los jóvenes se encaran hoy con irritación a los tiempos inciertos,
duros, feísimos. Pero no se vislumbra una solución. Muchos partirán
hacia latitudes más confortables, otros querrán irse y no podrán.
El conflicto generacional parece
inevitable: los padres y abuelos de hoy son responsables, por acción u
omisión, de las deudas y problemas que dejan en herencia a los jóvenes.
Su indignación debería cuestionarnos. Pero, en lugar de cuestionar,
observo grandes complacencias entre mis compañeros de generación.
Olvidando lo vivido en estas tres últimas décadas, muchos padres
regresan, nostálgicos, a las asambleas universitarias. ¿No será el
cariño y apoyo de tantos padres a sus vástagos contestatarios una forma
más de paternalismo? ¿Les están empujando, en serio, a una revolución?
Una revolución no es enfrentarse al bate de Felip Puig. La revolución es
algo muy serio: mucha sangre y crueldad, muchas lágrimas. La revolución
es traumática y terrible. ¿Es en esta dirección que los estamos
empujando?

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